SAN SALVADOR DE TÁBARA

   El monasterio de San Salvador de Tábara que se va a reseñar fue un cenobio muy lejano en el tiempo, ya que se extinguió hace ya más de mil años. Sin embargo sus vestigios y recuerdos perduraron en memoria zamorana hasta contarse como una de las referencias más comunes en la historia antigua de nuestras tierras.

   El recinto monacal se ubicó en el casco urbano de la villa tabaresa, sobre un débil altozano desde el cual se dominan unas panorámicas muy amplias extendidas por el valle recorrido por el arroyo del Casal. Sólo hacia el Oeste el horizonte queda cortado por las últimas estribaciones de la Sierra de la Culebra, prolongada hacia el norte con las alturas más modestas por la de las Cavernas. El origen del establecimiento religioso se conoce bastante bien, a pesar de su gran antigüedad. Queda constancia documental que aquí, tras la batalla de Polvoraria, en la cual los musulmanes sufrieron una severa derrota, dos monjes, San Froilán y San Atilano, fundaron un monasterio que muy pronto alcanzó un venturoso esplendor. El renombre de estos dos virtuosos varones se extendió por toda la zona, y pronto acudieron numerosas personas al reclamo de su magisterio y de su ejemplo. Hasta el rey llegó su prestigio, propiciando que ambos monjes fueran nombrados años después obispos de León y Zamora respectivamente. La comunidad cenobítica aquí establecida fue dúplice, es decir de ambos sexos, alcanzando el sorprendente número de seiscientos religiosos los de aquí convivieron simultáneamente, entre monjes y monjas. Sin embargo, tan intenso fulgor se apagó de improviso y pronto, pues su historia termina tras un único siglo de vida. Nos queda oculta la causa de su desaparición, sospechándose que pudo ser Almanzor, en alguna de sus correrías, quien destruyera todo y dispersara a sus habitantes, los cuales nunca más se volvieron a concentrar para repoblarlo.

códice

   Además de lo señalado, en su breve período de esplendor se creó aquí un importantísimo taller de copia y miniado de libros. De él salió un grupo de códices que se tienen como unos de los más valiosos y bellos entre todos los que se conservan. En este enclave se iluminaron y caligrafiarón aquellos impresionantes Beatos en los que trabajaron el maestro Magius, su discípulo Eméterio, la monja miniaturista Ende y el escriba Senior, entre otros más de nombre ignorado. De todos los ejemplares que nos quedan destacan el guardado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid y el de la Catedral de Gerona, ilustrado con dibujos que impactan por el colorido, la frescura y por su tremenda expresividad. Muy conocida es la miniatura que reproduce la torre monacal, con sus pisos de arco de herradura y sus campanas. A su lado, bajo un tosco tejado, queda el escritorio en el que Emetério se retrato a sí mismo trabajando, y a uno de sus ayudantes preparando los pergaminos. La torre fue el orgullo de los copistas. Uno de ellos dejó escrita esta exclamación Oh torre tabarense alta y lapidea ".

   Más como siempre suele suceder, tan apreciado edificio desapareció, posiblemente arruinado como consecuencia de ese hipotético saqueo de Almanzor. Sin embargo y por fortuna, no todo fue destruido, pues en el cuerpo bajo del campanario actual perdura una puerta mozárabe, formada por un arco de herradura que se apoya sobre columnas en las cuales aún se perciben restos de capiteles. En un pequeño almacén, embrión de un futuro museo, se guardan algunas piezas escultóricas de aquella tan lejana época.

   Si el cenobio nunca volvió a resurgir, al alejarse hacía el sur el imperio musulmán, la puebla establecida junto a él instauró su iglesia parroquial sobre los mismos cimientos de la vieja casa monacal. Surgió así, en el siglo XII un templo con dos portadas que perduran formadas por una pareja de archivoltas apoyadas sobre columnas de sencillos capiteles de hojas. Pero lo más notable es su gran torre, también románica, que parece reproducir las líneas que aquella antigua dibujada en los códices. Se alzó con una mampostería muy tosca, desarrollando tres cuerpos de diferente altura, con múltiples ventanas de diversa luz. Todos los vanos poseen arco de medio punto doblado, y carecen de cualquier detalle ornamental. En su base, dentro del templo, es por donde aparecen los restos mozárabes ya señalados.

planta

   Un curioso relato de la época del Renacimiento relacionado con está Torre que contribuyó a su fama posterior, nos señala la colocación sobre ella de una enigmática cabeza de cristal que anunciaba la entrada y salida de cualquier judío que llegara a la villa, avisando y poniendo en guardia al vecindario Uno de los airados visitantes de esa etnia consiguió quebrarla alevosamente. Se aprecia aquí una mezcla de lo histórico y de lo fantástico, pero se nos oculta cual fue el truco usado para su funcionamiento que quedó inutilizado al romperse.

   Atendiendo ahora al resto del templo, debemos saber que perdió de antiguo su advocación del Salvador, para adquirir la de la Asunción, y que actuó como parroquia hasta que pasó a utilizarse para los cultos la Iglesia de la Plaza, más céntrica y capaz, la cual fue convento de los dominicos que se describirán en otra ocasión. Por el interior fue reformado en época barroca. Consta de tres naves separadas por arcos medio punto apoyadas en grandes pilastras. Las cubiertas son de madera, excepto la del presbiterio que se cierra con una cúpula A pesar de perderse en esta parte cualquier rastro de obra antigua, su desnuda sencillez mantiene un intenso poder evocador, el cual sólo es posible en contados lugares. Una gran cruz sobre el altar mayor, en el presbiterio es el único símbolo de culto que aquí se expone.


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León Felipe ADELANTE

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